Nació en Polanco (Cantabria), el 6 de febrero de 1833 en la casa solariega de su familia hidalga y bien acomodada.
Estudió sus primeras letras y el Bachillerato en Santander donde aprendió con lágrimas el Latin.
En 1852 cuando tenía 19 años se traslada a Madrid para preparar su ingreso en la Academia de Artillería de Segovia, según le demandaban los cánones de su clase social.
Al poco tiempo de su estancia en Madrid se disipó su fervor artillero y se inclinó por pasar una vida mejor y disfrutar de los placeres que le ofrecía la capital de España.
Tan pronto acudía al teatro Real como a los bailes de Capellanes. No se perdía ni una sola fiesta de sociedad que sus relaciones familiares le brindaban.
En ese entorno donde se relacionaba conoció a fondo el ambiente literario, a los autores y sus obras, llegando a la conclusión de que esa faceta era su verdadera vocación y en consecuencia abandonó definitivamente sus aspiraciones militares.
Transcurrido un tiempo regresó de nuevo a su tierra natal desengañado de los encantos de la corte y en su casona de Polanco volvió a reencontrarse con la vida y la naturaleza de Cantabria.
En 1855 muere su madre y una epidemia de cólera le atacó, logrando recuperarse gracias a los cuidados de su familia y a los tratamientos del abuelo de su ilustre amigo don Marcelino, don Agustín de Pelayo, que era médico.
La muerte de su madre y la enfermedad le dejaron muy desmejorado y melancólico, por lo que decidió en 1857 realizar un viaje a Andalucía para intentar recuperarse y distraerse, objetivo que logró afortunadamente.
Los primeros trabajos literarios de don José María Pereda fueron periodísticos, publicados en la prensa santanderina, concretamente en el diario “La Abeja Montañesa”
Asimismo, probó suerte con varias obras de teatro, pero con poca fortuna.
En 1864 publicó su primera obra “Escenas montañesas” que le dio celebridad.
En 1865 viajó a Paris donde reside durante una temporada para familiarizarse con la literatura francesa.
En 1869 a la edad de 36 años contrae matrimonio en Santander con doña Diodora de la Revilla y Huidobro tal hidalga como él.
Disfrutando ya del éxito de su primera obra y nombrado miembro de la Real Academia Española en 1871 estuvo a punto de abandonar las letras para dedicarse a la construcción de un magnífico palacio enfrente de su casa solariega natal.
Ante este intento de deserción, don Marcelino Menéndez y Pelayo, gran amigo suyo le animó a que continuase su vida literaria, acudiendo incluso a su conciencia y patriotismo, argumentos que convencieron a don José María, entregándose de nuevo a la literatura y dedicándose ya definitivamente a la novela.
A las cualidades narrativas unió el escritor la exposición y defensa de sus ideas religiosas y sociales, triunfando como novelista en la creación de las novelas regionales o de tesis, que era como se conocían por aquella época.
La crítica de la época tuvo división de opiniones como es natural, unos a favor y otros en contra en la medida que comulgasen o no con las ideas del escritor.
Solamente Clarín, dejando de lado generosamente, la ideología de don José María, admiró cada vez más la belleza literaria de sus creaciones.
Finalmente hasta la crítica evolucionó y reconoció a don José María de Pereda como creador de la novela regional.
El escritor continuó su labor literaria en su casona de Polanco, rodeado del mundo que aparece en sus novelas, descubriendo en él cada vez matices más bellos y realidades más profundas.
Por causas familiares viajo en 1884 a Madrid, Valencia y Barcelona, volviendo nuevamente a la capital de España para ir a Portugal con su íntimo amigo, (a pesar de la disparidad de ideologías) don Benito Pérez Galdós a realizar un proyecto que ambos tenían en común.
Lo mismo a Pereda en las localidades que visitó en España, como ambos novelistas en Lisboa, Cintra, Coimbra y Oporto en Portugal fueron objeto de innumerables homenajes.
De regreso a Cantabria por Galicia y Asturias, don José María recibió innumerables adhesiones, incluido el fervoroso brindis que le dedicó Clarín en Oviedo, a donde había ido don José María a conocerle, y donde fue homenajeado por la Universidad.
Entre 1890 y 1891, Pereda pasó una etapa de desgracias familiares, sufrimientos y enfermedades, pero siguió escribiendo y publicó “Nubes de estío” que le provocó grandes disgustos por la crítica que recibió.
Rompió definitivamente con doña Emilia Pardo Bazán, después de una dura polémica.
Al igual que en 1870 en 1891 nuevamente se le quiso vincular con la política a pesar de que no le gustase. Afortunadamente salió derrotado y se retiró definitivamente ella.
En 1892 fue a Barcelona a leer un discurso como mantenedor de unos Juegos Florales, pasando mil sudores como el mismo contó, ya que sus cualidades oratorias no eran nada brillantes.
En Cataluña se organizó una excursión y varios homenajes en su honor.
Don José María Pereda, correspondió a la cariñosa acogida catalana al año siguiente cuando visitó Cantabria don Narciso Oller dirigiendo los actos de adhesión y homenaje a este popular escritor.
En septiembre de 1893 tuvo lugar la trágica muerte de su hijo primogénito que le produjo un derrumbamiento espiritual absoluto del que no se recuperó.
Ocurrió también la terrible explosión del buque Cabo Machichaco que cubrió de luto a Cantabria y a toda España.
Tuvo ya don José María Pereda a partir de estas fechas algunos sucesos gratos, como fue su ingreso en la Real Academia Española, donde fue recibido con un entrañable discurso de su amigo don Benito Pérez Galdós. El segundo viaje que realizó a Andalucía acompañado de su hija, otorgándole nuevos y entusiastas homenajes, la intervención en unos Juegos Florales en Castro Urdiales, pero ya no le abandonaría jamás la tristeza que le consumía.
En 1897 volvió a Barcelona para despedirse de sus amigos concluída ya su vida de escritor.
El desastre de 1898 también repercutió angustiosamente en su alma.
El rey le concedió en 1903 la gran cruz de Alfonso XII que le llenó de orgullo.
Dirigiéndose a Jerez de la Frontera en 1904 para ser padrino de su primer nieto, hubo de detenerse en Madrid a causa de los fuertes dolores reumáticos que padecía. En Sevilla percibió ciertos síntomas que le avisaron de una posible hemiplejía, que por fin le sobrevino estando en Jerez y que le dejó paralítico del lado izquierdo.
Dos años de sufrimiento sobrevivió a este doloroso percance, muriendo en la noche del 1 de marzo de 1906 en su casa de Santander.
Don José María Pereda, dotado de una impresionabilidad y sensibilidad casi patológica que a veces le hacia pasar muy malos ratos, era bondadoso, de carácter afable y cordial.
Elegante, siempre bien vestido, pulcro y ordenado.
Hombre de familia su vida transcurrió sosegadamente entre Santander y Polanco con su esposa, sus hijos y también sus amigos.
Hombre hospitalario y generoso.
Novelista indiscutible su obra se basa en la observación de la realidad, en la tierra y en los hombres de su comarca que conocía tan bien. Los tipos que describe en sus novelas, aparecen tal como son en la realidad con su lenguaje pintoresco y sus costumbres, sus vicios y virtudes.
Pereda es un gran paisajista literario. Nos describe admirablemente las innumerables bellezas de Cantabria, las grandes montañas, los hermosos prados y bellísimas visiones marineras.
Llegó a la creación de la novela regional apoyándose en un modelo de técnica novelística que más tarde sobrepasó merced a sus posibilidades literarias y creadoras.
Su referencia fue Fernán Caballero, en cuyo modelo literario encontró Pereda un mundo inagotable que termina en una novela regional cuyas principales bellezas estriban en la descripción de los tipos humanos, del paisaje y del ambiente en que se mueven, de su propio vivir y del lenguaje en que se expresan.
Don José María Pereda es el primer escritor de costumbres que España ha producido en el siglo XIX, según opinión de don Marcelino Menéndez y Pelayo.
Don Armando Palacio Valdés, novelista ilustre que sucedió en su sillón académico a don José María Pereda, expresó:
Escenas Montañesas.
Tipos y paisajes.
La mujer del César.
La Montálvez.
Oros son triunfos.
La puchera.
Hombres de pro
Don Gonzalo González de la Gonzalera.
Nubes de estío
Tipos trashumantes.
El buey suelto.
Pedro Sánchez
De tal palo tal astilla
El sabor de la tierruca
Peñas Arriba
Sotileza
Pachín González